Seguidores

Mostrando entradas con la etiqueta Edwin Disla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Edwin Disla. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de noviembre de 2011


LA FELICIDAD A DESTIEMPO DE LA ADOLESCENCIA.
Apuntes sobre la novela Raquel de Dinorah Coronado
 Estando en la fase final de mi investigación sobre Manuel Aurelio Tavárez Justo, en el 2005, fui al Instituto Dominico Americano a presenciar la obra de teatro Minerva y Manolo, y en el umbral del salón observé de soslayo a la autora, Carmen Dinorah Coronado (Nora), que parecía ansiosa, ocupada en su evento nocturno. Dos años más tarde volví a verla en el Teatro Monina Solá, yo recibía el Premio Nacional de Novela por la obra Manolo y ella, el de Literatura Infantil por el texto Rebeca al bate y dos cuentos más. Estos dos encuentros marcaron el inicio de nuestra amistad, la cual se solidificó tras enviarle a su residencia en Nueva York mi obra Manolo. Entonces conocí a la verdadera Dinorah, una mujer excepcional, llena de amor, conocimiento artístico y disposición de entrega por el bienestar cultural de su país. Estas tres características: amor, conocimiento artístico y disposición de entrega están presentes en todas sus obras, ya sean de poesías, literatura infantil, cuentos, teatro, ensayos y novelas como Raquel, que hoy presentamos. Fue galardonada en el 2009 con el segundo Premio de Novela Funglode (el sexto que gana Nora en su exitosa carrera), y tiene apenas cien páginas estructuradas en quince capítulos titulados como las ficciones decimonónicas.
     Raquel es una historia autobiográfica, provinciana y romántica, llena de ternura y afecto. Su drama se desarrolla en pleno siglo XXI, en un pueblo de República Dominicana, posiblemente Bonao, en el imaginario barrio Isabelita del municipio Pueblo Verde. Los personajes, manejados con destreza por la autora, son seres nobles, encantadores y progresistas, pertenecientes a la baja pequeña burguesía de habla coloquial. El principal es Raquel, acaso la misma Nora, adolescente precoz, hermosa, de 14 años, amante del arte, de los cantantes de moda y de los compositores clásicos. Cursa la intermedia en la Escuela Horizonte y es hija de Irene, quien al estar separada de su esposo, Alfredo, se ve en la necesidad de trabajar la mayor parte del tiempo en un taller de costura instalado en su casa. Luego está María Luisa, la íntima amiga de Raquel, que a diferencia de ésta es miembro de una familia unida. Después la abuela de la protagonista, doña Berta, tradicional señora de adentrada edad, viuda, amorosa, llena de bondad, cuyo único hijo varón, Miguel, murió cristianamente hace años. De ella dice la nieta: “¿Qué haría yo sin mamá Berta? Mi confidente, mi ángel de la guarda”. Le sigue Raulito, el único hermano de la protagonista que como el común de los jovencitos de la época, ama el béisbol, disfruta de las aventuras callejeras y acostumbra a molestar a su hermana. Y el quinto es Eugenia, de origen norteamericano que se traslada a Quisqueya a practicar el español.
   A ellos le siguen los personajes secundarios: Dilcia, la profesora; José Luis, el primer idilio de Raquel; Ramiro, el primer novio de ella; Mercedes, la estudiante con más limitaciones visuales, pero una de las más aplicadas; Teresa, la maestra de deporte y…Motita, la gata de la protagonista.
   Todos, a pesar de desenvolverse en una sociedad oligárquica-burguesa del siglo XXI, donde debería imperar la actual involución moral del país, por el contrario, conviven en un ambiente donde se promueven la honestidad, la sencillez y la pulcritud, propio de la sociedad dominicana de principios del siglo XX, cuando aún se le temía a Dios y los adolescentes, parodiando a García Márquez, eran felices e indocumentados, muchachos que no conocían las drogas, ni eran acosados por un medio delincuencial. Pero este anacronismo aparente es un augurio, como se titula el último capítulo de la novela, una premonición del bienestar futuro. Esa es sin duda la apuesta de Dinorah Coronado y a fuerza de su optimismo la va a ganar.
  Los episodios en Raquel, que se suceden de forma lineal con salpicaduras de diminutos flash back, son contados mayormente por un narrador omnisciente cercano a los personajes, al estilo indirecto libre de Madame Bovary de Flaubert y de La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa. Este narrador en Raquel es sustituido en el capítulo X (p.74), magistralmente, sólo una vez por un narrador-personaje en voz de la protagonista. Es decir se produce una muda espacial. El otro narrador de la obra es Raquel por medio de un diario íntimo, espejo de las ideas inocentes de ella, expresadas también en sus diálogos naturales y significativos como el de los demás personajes. Estas características, naturales y significativas, las observamos igualmente en las escenas y en las descripciones, de las cuales, por encima de su brevedad y escasez, sobresalen la riqueza del paisaje rural dominicano.
   Por otra parte, de la coyuntura política, nada se especifica, y sabemos que es en el siglo XXI que se desarrolla la trama novelesca porque en la pared del dormitorio de la protagonista hay un cartel de Amelia Vega, Miss Universo 2003, sacado del suplemento sabatino (p.23).
   En resumen, Raquel, aunque vive con estrecheces económicas, es feliz junto a su madre divorciada y su hermanito juguetón. El cariño materno que Irene no puede darle porque vive trabajando intensamente, lo suple la abuela. Ésta incluso llega hablar con la profesora Dilcia para que ayude a la nieta a ponerse al día en las tareas atrasadas del arte culinario y manualidades. Gracias a esta intervención, Raquel logra graduarse de intermedia  a  tiempo  en  la  Escuela  Horizonte.  Asimismo  por  la intervención de la abuela, la nieta improvisa una escuelita de veraneo en la casa, que le genera unos ingresos mitigadores de su pobreza. En el transcurso de la historia, María Luisa se convierte en su mejor amiga, en la adolescente que la hace reír con sus chistes y anécdotas mientras Raulito, molestándola, la saca de casillas y ella se ve en la necesidad de pegarle, según escribe en su diario. En él escribe también, "tengo una voz más bonita, pero insegura y los peores días son los del periodo menstrual porque tengo que andar con cuidado por lo mucho que sangro."
    Las costumbres criollas y los valores tradicionales, vitales para la remoralización nacional, los resaltan los personajes: una vez la bandera está ondeando en el asta de la escuela, Raquel inicia el Himno Nacional; en la celebración de las fiestas patronales en honor a San Antonio, Raulito gana el primer lugar en la carrera infantil de sacos y su hermana fue electa princesa de la amistad; un día ella se sienta junto a su padre frente a las estatuas del valiente negro Lemba, la india Anacaona y del padre Bartolomé de Las Casas. “Las tres razas que nos representan. Somos personajes de una leyenda de tres colores”, le dijo el papá…   
   Como era de esperarse, Raquel se enamora según la época: en secreto y de un elegante compañero de clases, y dice en su diario, "espero que María Luisa no se lo confiese." Pero no tarda en desencantarse de él porque no es tan estudioso como cree y además es muy enamoradizo. Su verdadero amor, Ramiro, lo conoce en la fiesta de promoción. Él es un muchacho atrevido y de oficio artesano que estudia y a la vez trabaja en un taller de ebanistería. Ella confiesa en su diario que fue amor a primera vista. En el autobús que transporta a la playa a los estudiantes de mayor progreso escolar, hace amistad con Eugenia, de quien aprendería el mundo de las viajeras norteamericanas y pensaría estudiar inglés para conocerla mejor.
    Un viernes de julio, María Luisa le aconseja, con acierto, que hable con Alfredo, su padre y le pregunte por qué ha cambiado con sus hijos. A Raquel se le enciende una luz en su mente y planifica tratar de reconciliarlo con su madre. El encuentro se produce bajo el almendro del Parque Libertad y en efecto, Alfredo parece convencerse de que debe cambiar y volver con Irene, máxime que él fue el causante de la separación al prestarle a un pariente el poco de dinero ahorrado en el matrimonio, y el pariente luego se niega a pagar, y entonces se enferma Raquel de apendicitis y no hay ni para los calmantes…
    Alfredo se encuentra con Raquel de manos de Ramiro saliendo del cine y le llama la atención. Posteriormente, acompañado de Irene, le recuerda que debe esperar los dieciocho años para tener novio. Ella, mintiendo piadosamente, les asegura que Ramiro es solo un amigo.
     Haciendo un gran esfuerzo económico, Irene y Alfredo le celebran los quince años con una fiesta tradicional, engalanada con damas y chambelanes.
      Finalmente María Luisa, Eugenia, Raquel y Ramiro terminan la secundaria y planifican entrar a la universidad. Los dos últimos sueñan con casarse, y ella le especifica que sólo después permitirá que le toque sus partes. Ramiro aparenta aceptarlo. Irene y Alfredo terminan reconciliándose y abuela Berta ahora camina con un bastón producto de haberse retorcido un pie.
     Al concluir esta historia feliz, la protagonista se mira en el espejo de mano y se dice: “Soy Raquel, la chica de ascensos y recaídas, la luchadora perseverante. Soy un remolino de búsquedas, amante de aventuras. Una hija de Pueblo Verde. Este pueblo mío con su río, lago, sus parques y cascadas, llena mis días. Pueblo Verde del arroz dorado, fogosas amapolas y rojos cafetales; el pueblo de abuela Berta, María Luisa y mis queridos maestros”.
     Esas son palabras de Dinorah Coronado, una mujer excepcional, llena de amor, conocimiento artístico y disposición de entrega.   
 Edwin Disla, 21 de noviembre del 2011

lunes, 1 de agosto de 2011

Retrato de dos mundos: Dioses de cuello blanco, de Edwin Disla


          En “Dioses de cuello blanco”  todos los personajes son malos,  ante cualquier código de moral con el que se le juzgue.
Se narra aquí una sucesión de negocios sucios, crímenes, robos,  prostitución,  homosexualidad y sexo desenfrenado.  En esta  novela  el consumo y tráfico de drogas se presentan como una situación rutinaria para sus personajes. Lo mismo que quitar la vida a una persona por sórdida paga  o para rendir el producto de un robo en equipo.
Disla narra en un estilo libre de artificios retóricos, no se ha interesado en imprimirle galanura a su prosa ni aderezarla de recursos poéticos, más bien la obra toda es una gran alegoría para  presentar con  sentido crítico y notable osadía, los vicios que corroen a la sociedad de hoy.
Hay dos tipos de personajes en la obra de Edwin Disla, vistos desde el punto de vista de su clase social. Unos son aristócratas y  otros son lúmpenes, procedentes de la marginalidad, pero todos  son ciudadanos del  bajo mundo. En algunos de estos personajes, el nombre sugiere la especie a la que pertenecen: Caifás, la Calavera, el Bacá, la Gata, Latica y Drácula.
Caifás, la Calavera y Bacá  son narcotraficantes, atracadores  y matones por encargo. La Gata es prostituta bisexual, amante fija de la Calavera, pero luego se le va con Bacá. Latica, pese a su nombre, es masculino, aunque homosexual, proxeneta, corruptor de menores y  vendedor de chismes. Es dueño de un bar, donde baila vestido de mujer.  Los del otro bajo mundo aparecen con sus nombres normales.
El conflicto entre ambos se origina porque Claudio se involucra con Eduardo, un destacado cineasta, asiduo participante en los festines de Abraham.     Eduardo  es mandado a matar por Carlos, obviamente que por celos.   Abraham, de origen francomacorisano, es hombre de negocios y su salto lo dio cuando  provocó la muerte de un amigo y socio para quedarse con el dinero que le lavaba.
Este personaje tiene una mansión a la que su propia esposa le llama lupanar, porque frecuentemente es escenario de orgías y desenfreno, donde concurren sus amigos de alta suciedad.
Los personajes de Disla tienen sus arquetipos en la realidad social. Y el autor corre riesgo de  que los delincuentes de alcurnia, vinculados a la banca,  a las apuestas, y otras actividades que facilitan mezclar los negocios lícitos con los ilícitos, incluidos el crimen,  se sientan identificados en esta obra.
Desde el primer  episodio, que narra una trifulca en la cárcel de La Victoria donde guardaban prisión por robo y asesinatos los llamados Caifás, la Calavera y el Bacá, comienza a sonar un personaje de la sombra  identificado como el Contacto, quien desde una institución de poder dirige las bandas criminales y obtiene gruesas partidas de los botines.
Este personaje sirve lo suficiente al autor para describir un Estado corrompido, presa del narcotráfico. Cuando  el Estado y sus instituciones no son dignos de confianza, se está en presencia de la descomposición social. La descomposición  trae consigo inexorablemente corrupción e impunidad.
El concepto de  descomposición social se asimila con mayor prontitud y facilidad, si lo tomamos por el que conocemos desde niños, la descomposición biológica. Un organismo comienza a descomponerse  poco después de la muerte. Una de las etapas del proceso se llama putrefacción. La putrefacción en la sociedad se siente cuando se pierden los valores morales y la desvergüenza  es lo que predomina.
Ing. Edwin Disla, autor de "Dioses de cuello blanco"
Cuando jueces emiten sentencias complacientes  para el crimen,  y fiscales se involucran  en otros actos de violación a la ley y la ética, cuando miembros de la Policía roban drogas incautadas por las autoridades para venderlas en su provecho  y miembros de la Marina facilitan la entrada por nuestras costas de drogas y contrabandos, estamos  exactamente y lamentablemente en presencia de descomposición social, o sea putrefacción. Y hay más, aunque sea triste admitirlo.
Los dioses de cuello blanco que aparecen en la novela de Disla son finos y elegantes, viven en mansiones, dirigen empresas, hacen obras de caridad, se retratan con los prelados, tienen esposa y amantes, en unos casos femeninos y en otros masculinos. Engañan al Estado  con el no pago de los tributos, engañan a la sociedad porque tienen doble fachada, engañan a sus socios  y son capaces de contratar a un sujeto del otro bajo mundo para matar por celos a su amante como ocurre con  el cineasta.
En este libro, la realidad y la fantasía  se complementan, los sucesos reales parecen ficticios y los inventados resultan  muy reales. Tenemos ante nosotros una  historia de las que el lector  suele sentir, es el tipo de  libro que el lector  disfruta y recomienda a sus relacionados.  Porque  al lector le gusta entender lo que lee,  el lector goza y acepta sufrir con los personajes.  
Con  “Dioses de cuello blanco”, Edwin Disla  penetra un bisturí, cual diestro cirujano,  a un cuerpo llagado  del que  brotan miasma y hedor. Disla ha puesto sus ojos en un punto al que no llegan todas las miradas, pues para ello se requiere agudeza, sensibilidad  y valentía, todo lo cual muestra este autor en la novela “Dioses de cuello blanco”.

Palabras del escritor  Rafael Peralta Romero para presentar  la novela “Dioses de cuello blanco”, de Edwin Disla, el 21 de julio de 2011, en la sede del Colegio de Artistas Plásticos.